Liderar con magia blanca

Liderar con magia blanca

Recientemente tuve la suerte de ser dirigido por Philip Pickett en el Coro de la Orquesta Ciudad de Granada. En estos más o menos quince años en los que he sido dirigido por toda suerte de directores, tanto españoles como extranjeros, el denominador común siempre ha sido el trabajo y focalización sobre lo mucho que siempre queda por mejorar. El trabajo habitual en la preparación de un concierto, y en los ensayos previos al mismo,  siempre se sustenta a partir de un enfoque en las debilidades. Esto resulta muy evidente cuando a cada persona continuamente se le recuerda todo aquello que debe anotar en su partitura; los puntos críticos, aquel compás que nunca acaba de salir como debería o ese pasaje en el que dada su dificultad, hay que concentrarse especialmente.

Sin embargo, nadie hasta la fecha me había hecho comprender el enorme poder que tiene sobre cualquier resultado un enfoque verdaderamente en “en positivo. Y es que  a fuerza de decirle a una persona lo bien que lo hace se puede conseguir realmente que ésta lo haga bien. No hablo por hablar. Se trata de una realidad que los treinta componentes del Coro OCG empezamos a vivir  en nuestras carnes, cuando nada más finalizar el primero de los ensayos, alguien con la enorme trayectoria profesional de Pickett se despide de un coro amateur y muy consciente de sus limitaciones, pronunciando la siguiente frase: “Veremos si la orquesta va a estar a la altura de vosotros.”

El resto de la semana de ensayos del Mesías, transcurrió de una forma muy  poco habitual: ausencia casi pasmosa de correcciones. Muestras continuas de cortesía, elogios sinceros por doquier, expresión de deseos sobre lo que se quería que ocurriera y continuos mensajes de apoyo.

Cada día iba mágicamente haciéndonos crecer en lo vocal, en lo  interpretativo y hasta en lo personal diría yo. Acercándonos a un resultado que ni en nuestros mejores sueños hubiéramos imaginado. Nunca antes había cantado con tanta emoción, seguridad en mis posibilidades y nunca antes me había sentido tan satisfecho con  el resultado final. Paradójicamente había sido la vez en la  que menos correcciones había recibido en toda mi vida de coralista.

La magia se produce desde ese preciso instante en que todo el grupo entendió y sintió que  todas esas palabras no eran palabras huecas sino directamente provenientes de su corazón.

Todavía me sigo preguntado que ocurriría en las organizaciones si en lugar de seguir “erre que erre” poniendo todas nuestras energías  en los puntos débiles (eufemísticamente llamados puntos de mejora) intentáramos hacer un poco de magia blanca. ¿Nos lo creemos?

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